Hablando Claro

>

MENU

sábado, 23 de abril de 2011

QUE IMPORTANTE ES SER AGRADECIDOS O NO?







Cantad alegres a Dios, habitantes de toda la tierra. Servid a Jehová con alegría; venid ante su presencia con regocijo. Reconoced que Jehová es Dios; él nos hizo y no nosotros a nosotros mismos; pueblo suyo somos y ovejas de su prado. Entrad por sus puertas con acción de gracias, por sus atrios con alabanza. ¡Alabadle, bendecid su nombre! porque Jehová es bueno; para siempre es su misericordia. Salmo 100.1–5





¿Ha reparado en la característica de los verbos de este salmo, que invitan a una celebración de la bondad de Dios? Todos ellos son mandamientos: cantad, servid, venid, reconoced, entrad, alabadle, bendecid su nombre. Qué cosa extraña, ¿verdad?
El salmista nos invita -en realidad nos ordena- a que nos detengamos para pensar en nuestra existencia, no con una perspectiva humana, sino como participantes de una realidad que trasciende lo terrenal. Nos anima a que nos unamos a otros para, como dice Dallas Willard, «meditar en la grandeza de Dios, revelada en su infinita bondad hacia nosotros». El salmista confía que sólo detenerse para este ejercicio producirá en nosotros un aire festivo, ¡con abundancia de alegría, regocijo, gratitud, alabanza y declaraciones de la bondad de Dios!
Piense un momento en cuál es nuestra realidad:
Él creó los cielos… nosotros los disfrutamos.
Él hizo el aire… nosotros lo respiramos.
Él proveyó la comida… nosotros la degustamos.
Él nos regaló amigos… nosotros los atesoramos.
Él nos dio sueños… nosotros los soñamos.
Él nos otorgó dones… nosotros los usamos.
Él nos concedió un ministerio… nosotros lo realizamos.
Él proveyó una familia… nosotros la administramos.
Si dejáramos que su Espíritu nos guiara en este ejercicio, nuestra lista podría ser interminable. Todo, absolutamente todo lo que tenemos y disfrutamos a diario, viene de su mano bondadosa.
Cuán importante es para nosotros, preocupados con los quehaceres del ministerio, ¡detenernos para celebrar las multifacéticas manifestaciones de la bondad de Dios! El gozo y la gratitud son el gran antídoto contra la desesperación. Por esta razón, el salmista nos anima a que nos unamos al espíritu de festejo de los que son parte del pueblo de Dios: «Porque Jehová es bueno; para siempre es su misericordia».







DIOS NUNCA TE DEJARA TIRADO EN EL SUELO



“Jehová abre los ojos a los ciegos; Jehová levanta a los caídos.” Salmos 146:8

¿Estoy caído? Entonces he de invocar esta palabra de gracia delante del Señor. Es Su manera de proceder, Su costumbre, Su promesa y Su deleite, levantar a los que están caídos. 

¿Es un sentido de pecado y la consiguiente depresión de espíritu lo que ahora me turba? Entonces, en este caso, la obra de Jesús está hecha y provista para levantarme y llevarme al descanso. ¡Oh, Señor, levántame por tu misericordia!

¿Se trata acaso de una pérdida sensible o de un grave deterioro en cuanto a mis circunstancias? En esto, nuevamente, el Consolador ha asumido el consuelo. ¡Qué gran misericordia es para nosotros que una persona de la Sagrada Trinidad se convierta en el Consolador! Esta obra será llevada a cabo, pues un Ser tan glorioso la ha convertido en algo de Su particular interés.
Algunos están tan caídos, que únicamente Jesús puede liberarlos de su debilidad; pero Él puede hacerlo y lo hará. Él puede restaurarnos la salud, y devolvernos la esperanza y la felicidad. Él lo ha hecho con frecuencia en tribulaciones anteriores, y es el mismo Salvador, y repetirá Sus hazañas de misericordia. Los que estamos hoy caídos y afligidos, seremos puestos en altura, y los que ahora se burlan de nosotros serán grandemente avergonzados. ¡Qué honor es ser levantado por el Señor! Vale la pena sufrir una caída para experimentar el poder enaltecedor del Señor.






viernes, 22 de abril de 2011

NUNCA DIGAS QUE NO PUEDES SIN HABERLO INTENTADO




Llevado, pues, José a Egipto, Potifar, un egipcio oficial del faraón, capitán de la guardia, lo compró de los ismaelitas que lo habían llevado allá. Pero Jehová estaba con José, quien llegó a ser un hombre próspero, y vivía en la casa del egipcio, su amo. Vio su amo que Jehová estaba con él, que Jehová lo hacía prosperar en todas sus empresas. Génesis 39.1–3
Es muy difícil para nosotros imaginarnos la magnitud de la calamidad que visitó a José al ser vendido por sus hermanos. El relato ocupa apenas unos versículos en la Biblia, pero las consecuencias devastadoras de semejante traición quedan escondidas. De todas maneras, es claro que el golpe debe haber afectado en lo más profundo la vida del joven israelita.
En realidad, no podía ser de otra forma. En el lapso de unas semanas lo perdió todo. Primero su libertad, al ser echado a un pozo. Luego, su dignidad, cuando fue vendido por unas monedas de plata. Al ser puesto en cadenas, perdió también su futuro y la posibilidad de escoger los caminos por los cuales transitaría. Cuando llegó a Egipto, también perdió la cultura y el idioma de su familia. Comprado por Potifar como esclavo, perdió también la posibilidad de pertenecer a una familia. ¿Quién podría sobreponerse a semejante catástrofe? ¿Cómo no hundirse en el pozo más hondo de amargura y depresión, almacenando en el corazón odio y rencor hacia los hermanos?
En el pasaje de hoy, sin embargo, encontramos a un José próspero. Su prosperidad, lo aclara bien el historiador, fue producto del respaldo, la compañía y la presencia de Jehová en su vida. Dios estaba con él. Sabemos bien que el Señor no bendice a los que albergan en su alma pensamientos de odio, rencor y venganza. El salmista pregunta: «Jehová, ¿quién habitará en tu Tabernáculo?, ¿quién morará en tu monte santo? El que anda en integridad y hace justicia; el que habla verdad en su corazón; el que no calumnia con su lengua ni hace mal a su prójimo ni admite reproche alguno contra su vecino» (15.1–3). De manera que resulta claro que José logró sobreponerse a este duro revés que le presentó la vida.
Esta es una de las características que distingue al líder del resto del pueblo. El líder no está libre de dificultades, contratiempos, y dolores; no permite, sin embargo, que estos determinen lo que ocurre en su vida. Como observa Henry Blackaby, el autor de Mi experiencia con Dios, «líderes no son aquellas personas que están libres de la adversidad, sino aquellas que logran superar los escollos de la vida». La historia está repleta de líderes que vivieron durísimas experiencias personales. Lo que distinguió a estos hombres, sin embargo, es que usaron sus experiencias personales de fracaso y angustia para avanzar hacia cosas mayores. Fueron los escalones sobre los cuales construyeron, más adelante, sus más grandes victorias.




ESCRIBE TU COMENTARIO